Fiebre AFTOSA - Control y Profilaxis


 
Dadas las características del virus aftoso en lo referente a su extrema difusibilidad y probada capacidad de mantenerse viable en el medio o ambiente, las medidas tendientes a su control y contención adquieren máxima y especial importancia.

Frente a una población de animales susceptibles, el peligro de contagio por medio del contacto directo con animales infectados, así como indirecto a través de productos o subproductos provenientes de estos últimos, sumado a la posibilidad del transporte pasivo de partículas virales infectantes en medios inertes (manos, nariz, pelo, ropa, calzado, medios de transporte, etc.), es siempre una posibilidad latente, que entraña un gravísimo peligro.

En aquellos países en los cuales no se utiliza la vacunación, las medidas de control sanitario en fronteras, puertos y aeropuertos, son extremadamente rigurosas, tratando de impedir la introducción de material contaminado y su contacto con los animales susceptibles. Esto ha llevado también, y desde hace unos 100 años, a fuertes restricciones al comercio internacional de animales, carnes y derivados, generando los llamados circuitos “aftósico” y “no aftósico”.

Aún así, se han producido graves epidemias en distintos países, evidenciando la dificultad en mantener indemne a la población animal, dado el notable incremento en el tránsito de personas y bienes a través de las fronteras en todo el mundo.

La Fiebre Aftosa no puede ser curada, es decir, su curso, una vez desarrollada toda la sintomatología, no puede ser efectivamente alterado en sentido beneficioso; pero la enfermedad puede ser prevenida, sea por sueros, vacunas y por medidas profilácticas no vacunales. Los sueros tuvieron algún uso en los años ’30, pero dejaron de usarse a partir de 1939/1940 cuando nació, en Alemania, la vacuna antiaftosa. Hoy sólo son una curiosidad, empleándose sólo algunos tipos especiales en laboratorios.
 

Vacuna Antiaftosa
 
La protección duradera de animales susceptibles frente a la infección con virus aftoso, más allá del uso de medidas sanitarias por las cuales se pude evitar el contagio, se obtiene por la inmunización activa (vacunación).
Esto se logra introduciendo en el animal a proteger, el antígeno vírico, modificado de manera tal que:

a) no pueda producir la enfermedad en manera alguna, es decir sean inocuas.

b) sea capaz de estimular, de una manera eficiente y duración práctica, los mecanismos de defensa antivírica del organismo.

Para ello es necesario que el animal reciba una cantidad eficiente del antígeno que forma parte de la partícula vírica.

El antígeno vacunante eficiente es la partícula vírica completa, de 22 a 25 milimicrones de diámetro.
La supresión de la capacidad de producir la enfermedad de un virus, pero sin afectar su capacidad de generar anticuerpos, se logra fundamentalmente de dos maneras:

a) Algunos tratamientos químicos, físicos o combinados pueden anular definitivamente la capacidad de reproducirse en células susceptibles; el virus queda INACTIVADO (muerto), pero retiene su capacidad vacunante.
b) Por procedimientos de laboratorio se pueden obtener cepas de virus que han perdido su capacidad de producir la enfermedad en determinadas especies animales, pero que son, sin embargo, capaces de reproducirse sin causar daño en algunas células de esa especie animal; el virus queda MODIFICADO (vivo).

El primer método permite la elaboración de las llamadas “vacunas a virus muerto o inactivado”; con el segundo método se obtienen “vacunas a virus vivo modificado”.

Una manera de transformar partículas completas e infecciosas de virus aftoso en partículas completas pero no infecciosas, es por medio de inactivantes químicos; el inactivante ideal debe penetrar a través de la envoltura proteica sin acoplarse a ella ni alterarla, para unirse con alguno de los grupos reactivos del ácido nucleico.

El formol fue, desde su primera utilización por Vallée, Carré y Rinjard, y por muchos años, el inactivante químico de elección para la elaboración de la vacuna antiaftosa.
Con el tiempo, fue reemplazado por otros productos de mayor seguridad y confiabilidad, ya que existía la posibilidad de que algunas partículas virales no fuesen finalmente inactivadas, representando un riesgo potencial a la hora de usar dichas vacunas.

La vacuna antiaftosa actualmente en uso es inactivada por medio de un inactivante químico como la acetiletilenimina, la cual no presenta los inconvenientes del formol.

Respecto de los métodos físicos, el utilizado fue la radiación ultravioleta, con resultados aceptables, pero de poca practicidad, por lo que fue abandonado.

En cuanto a la elaboración de vacuna antiaftosa a partir de virus modificado, se realizaron estudios inoculando virus en ratones y embriones de pollo, pero se demostró que el virus aftoso, a diferencia de otros virus (ej.: virus de la Peste Porcina) no respondía adecuadamente a este proceso de modificación por lo que el método fue, con el tiempo, descartado.

Para que el virus aftoso, adecuadamente inactivado, puede actuar eficazmente como antígeno, debe ser combinado con un coadyuvante, es decir, un agente que refuerza su acción.
Históricamente, el hidróxido de aluminio , ha sido el producto utilizado para mejorar la capacidad inmunógena del virus, constituyéndose en la formulación clásica de la vacuna antiaftosa.
En 1963, en Estados Unidos, se desarrolló una vacuna antiaftosa con coadyuvante oleoso capaz de inducir una mayor protección que la coadyuvada con hidróxido de aluminio, pudiendo reducir de 3 a 2 las vacunaciones anuales, y siendo más apta para zonas marginales y paramarginales. En la Argentina, por vía del INTA , se iniciaron en 1967 investigaciones que lograron desarrollar, hacia 1972 una vacuna fundamentalmente similar, pero lo que es muy importante, menos densa, de emulsión estable y por lo tanto más fácil de aplicar.
Esta vacuna fue utilizada en diversos planes “piloto”de vacunación, en diferentes zonas del país, con el impulso de F.A.D.E.F.A. (ej.: Plan Hipólito Irigoyen), demostrando comportarse mejor que la vacuna hidroxisaponinada.
Fue recién hacia el inicio de los años ’90 que su uso se estableció en forma obligatoria para todo el país, en el marco del Plan de Control y Erradicación de la Fiebre Aftosa (Etapas 1990-1992 y 1993-1997), permitiendo la eliminación progresiva de la enfermedad, hasta su última aparición en Abril de 1994.
Todo esto llevó a tomar finalmente la decisión de suspender el uso de la vacuna en la Argentina a partir de 1999, luego de permanecer sin casos clínicos por 5 años.
Posteriormente, se produjo una reintroducción de la enfermedad a partir de los primeros meses del año 2000 presumiblemente desde la frontera norte del país, la cual pudo finalmente ser dominada hacia principios del 2002, por medio de la reimplantación de la vacunación obligatoria, demostrando una vez más la efectividad de la vacuna en el control de la Fiebre Aftosa.